Árbol de pan

En griego, Artocarpus significa (Fruta de pan), uno de los nombres por el que es popularmente conocido. Es un árbol de hermosa apariencia, con grandes frutos, de color verde vivo o pardo, tonalidades que contrastan con las de sus grandes hojas de tono oscuro.
La corteza del fruto es irregular y semeja la piel de un reptil. Es una importante fuente de alimentos en la polinesia, donde ha sido cultivado por siglos. Goza de gran popularidad entre la población de escasos recursos, de allí que también se conozca como (pan del pobre).
Los primeros viajeros europeos que visitaron la Polinesia a fines del siglo XVIII- entre ellos el destacado navegante ingles, James Cook- describieron en sus relatos de viajes este vistoso y prodigioso árbol de abundantes cosechas, el exquisito sabor de sus frutos cocidos y su importancia en la alimentación de los polinesios. Por ser una excelente fuente de alimentos abundante y barata, pensaron en plantarlas en sus colonias del Caribe, donde había un ambiente similar al de sus lugares de origen, desde el punto de vista climatológico, de manera de que sirviese para la manutención de los esclavos que laboraban en las plantaciones de caña de azúcar que los ingleses habían establecido en dichas islas.
El gobierno ingles financio la primera expedición que zarpo en la nave Bounty, al mando del capitán Willian Blight para Tahití en 1787, para traer los materiales que les permitirían propagar el árbol en las Indias Occidentales. En dicha expedición participo un botánico y personal técnico designado para empacar los hijuelos de los arboles. El resultado de esta primera misión fue catastrófico y termino en motín. Sus azares fueron narrados en un libro, El motín del Bounty, cuyos autores fueron Nordoff y Hall, el cual sirvió de base para un largometraje con el mismo nombre.
Una segunda expedición, en la nave Providence, pudo llevar a cabo esta tarea. Se estima que al Árbol de Pan llego a las islas del Caribe en 1790 y, en un periodo corto, se difundió a otras localidades caribeñas, donde produjo abundantes cosechas, ya que hallo en el nuevo medio condiciones semejantes a las existentes en su lugar de origen.
A Venezuela llego pronto. A comienzos del siglo XIX Humboldt lo menciona en su obra Viajes a las regiones equinocciales del nuevo continente en diversas oportunidades. Mas adelante, a lo largo de este siglo, lo señalan Codazzi, Appun y Ernst, quienes indican que, a pesar de su agradable sabor, se consumía poco.
Nombres comunes: Árbol de pan, Pepa e pan, pan de palo, castaña, pan de pobre, pan de ñame, pan de año, ñame de pan, fruta de pan, topan, tupan (castellano), breadfruit –tipo sin semillas-, breadnut -tipo con semillas- (ingles).
Usos: se prepara de muy diversas maneras en platos salados y dulces. El fruto de los tipos sin semilla es el preferido y se usa como vegetal acompañante, asado o frito. Se prepara en postres con leche de coco y azúcar. Las (semillas) se consumen hervidas, asadas o tostadas. El látex de la corteza se emplea para calafatear barcos y como cola para pegar muebles; de sus fibras se pueden hacer cuerdas. En medicina popular, las hojas se han utilizado para el control de aftas en la boca y para infecciones de la piel. Las flores se emplean para aliviar el dolor de muela. El árbol tiene valor como planta ornamental.

Frutas Tropicales del Pueblo de Cata

Esta tierra nuestra, exuberante y lujuriosa, que fue confundida por los colonizadores europeos con el paraíso terrenal, tiene en los frutales un símbolo de su riqueza.
Como país tropical nos caracterizamos por la variedad y diversidad de seres vivos. La multiplicidad de plantas y animales siempre ha constituido una base de recursos que el hombre ha utilizado para sustentarse, y ha formado parte del patrimonio ambiental de nuestros pueblos, de esa riqueza que, transmitida de generación en generación, es base de nuestra existencia como nación.
Los frutales en su estado silvestre fueron el sustento de los pueblos recolectores. En su estado semi-silvestre han estado cerca de la gente, tolerados, aupados o permitidos por sus beneficios. Una vez considerados cultivos son propagados y cuidados, constituyendo la base de la economía de numerosos países.
El patrimonio ambiental que los frutales representan puede crecer o disminuir: el mango, que no es un frutal autóctono de las regiones tropicales americanas, fue felizmente adoptado, y ya nadie se acuerda de que vino de la lejana India. Este frutal que ayer fue introducido hoy forma parte de nuestra tradición. Pero también los frutales pueden perderse, sobre todo si caen en el desuso y en el olvido. Esto puede pasar con los frutales autóctonos, sobre todo con aquellos que no se cultivan comercialmente por carecer de suficiente investigación agronómica para respaldar este tipo de producción. También el interés de la industria por procesar algunos tipos de frutas lleva a que sean elegidos, quedando otros de lado, reduciéndose el mercado para ellos y, por consiguientes, la disposición para su producción comercial.
Se conocen como frutales menores aquellos que, siendo autóctonos o introducidos, se cultivan en pequeños espacios cercanos a las viviendas, tales como huertos, solares o patios. Su producción es destinada principalmente al consumo doméstico. Durante muchos años ellos han contribuido con nuestras tradiciones, pero la transformación de la economía venezolana de agraria a petrolera, y el cambio de los patrones de vida hacia un estilo cada vez mas urbano, han llevado a su desconocimiento y desuso por las nuevas generaciones. Algunas de las causas que han contribuido a generar esta situación son: la modificación de los espacios urbanos donde la tierra es cada vez mas costosa y hace difícil la existencia de patios o solares; el cambio de los factores ambientales en las ciudades-luz, temperatura, humedad- y la preferencia por el consumo de frutos exóticos.
Frutales e identidad
En el trópico disponemos de una oferta ambiental muy amplia, entre las cuales se encuentran numerosos recursos botánicos. Con el transcurso del tiempo es cada vez menor el número de plantas que utilizamos en nuestra vida diaria. Esto es particularmente cierto en el caso de las frutas tropicales, puesto que de los aproximadamente tres mil tipos comestibles que existen, apenas un centenar forma parte habitual de nuestra dieta.
La existencia de tal variedad de frutos tropicales comestibles tiene expresión en las diversas manifestaciones de la cultura popular tradicional: leyendas, cosmogonías, ritos, creencias, recetas de cocina, remedios caseros, juegos infantiles y adivinanzas. Al hacerse nuestra población mayoritariamente urbana, y con un modo de vida cada vez mas alejado del entorno natural, le hemos damos la espalda al conocimiento de nuestro medio y a esa parte de nuestra cultura tradicional que toma como un elemento suyo el saber empírico sobre la naturaleza y su aprovechamiento.
De ese conocimiento ancestral del medio mantenido por las culturas indígenas, hemos perdido el conocimiento sobre múltiples frutos . hoy, las grandes mayorías prácticamente ignoran el uso y aprovechamiento de palmas como el moriche o el Pijiguao. Las culturas agrarias establecidas por la colonización española y portuguesa en América, permitieron la introducción de otros frutales de origen tropical o intertropical: mango, tamarindo, cambur, granada, grosella, membrillo, coco. Además, lograron la sabia asimilación de muchas frutas utilizadas por nuestras culturas indígenas. El desarrollo de una cultura urbana no solamente ha hecho distante el conocimiento de nuestras frutas aborígenes, sino de muchas de aquellas frutas vinculadas a las culturas agrarias. El desconocimiento creciente y la falta de implicación con el entorno natural es reseñado como una realidad latinoamericana por el estudioso brasileño Darcy Ribeiro, quien describe así este fenómeno:
Es nuestra actitud de pueblo que llego aquí ayer, y no conoce la tierra donde babita. Mientras que un indio sabe el nombre, el uso y el misterio de cada animal, planta, piedra, tierra y nube, para nosotros los latinoamericanos todos es un bicho, palo o casa, somos culturalmente una especie de pueblos tabla rasa, desculturizados de aquellos saberes y de aquellas artes tan elaboradas por nuestras matrices indígenas, africanas y europeas…
La ignorancia sobre nuestros frutos es parte de esta situación. Hoy conocemos mas la fruta exótica venida de lejos y cada vez olvidamos mas la fruta propia o que, siendo antiguamente introducida, se hizo parte de nuestra tradición cultural. Cualquier persona de la actual Venezuela urbana conoce una pera o una manzana; sin embargo, muchos de nuestros jóvenes ya no conocen el cotoperì o el ponsiguè.
Este (olvido) de nuestros frutos puede ser un factor que contribuya a su desaparición. En el mundo de hoy miles de especies vivas están amenazadas en su existencia. La reducción del número de especies es un problema ambiental global conocido como perdida de la biodiversidad. Unos recursos botánicos como nuestros frutales tradicionales que hemos venido (condenado al olvido), que no se utilizan, que no se propagan, pueden estar amenazados, siendo posible su desaparición. Preguntas contra el olvido
De esos miles de tipos de frutas tropicales comestibles que existen, de ese patrimonio ambiental que representan nuestras frutas tradicionales, ¿Cuáles no estarán en la memoria de nuestros nietos? ¿Qué estamos perdiendo con ellas? ¿Qué podemos ir haciendo?

Monseñor Mariano Martí

El Obispo de Caracas, el viajero don Mariano Martí, visito a Cata el siete de enero de 1773, dia de Reyes. Llego en mañana procedente de Cuyagua, donde no pudo fondear su comitiva por lo bravo del mar. Posiblemente fue el primer prelado católico que visito la zona. A Martí se debe la descripción mas antigua del pueblo de Cata al que llama pueblo de indios. Había 39 casas en los alrededores del pueblo donde habitaban negros, mulatos y zambos libres. En la Obra Pía había 103 esclavos, una gran población cautiva diferente del poblado. Los esclavos no se mezclaban con los libertos por razones de seguridad. Explica monseñor Martí que existía en la Obra Pía una plantación de 28.000 arboles de cacao que producían anualmente 200 fanegas.
Una estadística de 1784-1785
Una relación estadística sin fecha ni autor, pero que hemos estimado entre los años 1784 o 1785, no pone en conocimiento de lo que era el valle de Cata con su poblado y haciendas. Señala la existencia de un cabo a guerra, funcionario que ejercía la máxima autoridad civil responsable de la seguridad en el área; un comisionado de administración, la existencia de una población de 22 pobladores blancos, dos indígenas libres, 281 negros libres y 234 esclavos. En total, 539 habitantes de todas las castas. Esos 281 negros libres representan la masa pobladora del pueblo de Cata a fines del siglo XVIII, distinta del grupo de esclavos de las 210 haciendas repartidas en el valle para el tiempo en que se elaboro la citada estadística que reposa en el archivo de la Academia Nacional de la Historia. Para el año 2009, Cata cuenta con una población de 737 habitantes. De lo cual hay 182 casas y 260 familias estas estadísticas reposan en las manos del consejo comunal.
La población esclava o libre que habitaba el valle de Cata
Siguió en buena parte al Libertador Simón Bolívar cuando dicto en Ocumare de la Costa, en julio de 1816, su decreto de liberación de la esclavitud. Bolívar estuvo en Ocumare, en Choroni y en Chuao e invito a sus habitantes a seguirlo. Muchos se fueron tras el. El pueblo de San Francisco de Cata no fue la excepción. Y ahora que decimos San francisco de Cata, la su patrona del pueblo fue Nuestra Señora de Copacabana a la cual se le rendía culto en el siglo XVIII. Del año 1725 hay recibos de los gatos ocasionados a la Obra Pía por la magnifica celebración a la advocación mariana y que no se circunscribió exclusivamente a dicha hacienda sino a todos el valle donde al menos en ese año no se nombraba a San Francisco como patrono.